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Cuantas veces,
podemos derrotar el
tiempo
a través de sus
ventanas individuales,
lo sorprendemos de
tener
el cuerpo para bailar,
y el aliento que
disfruta
de respirar,
el deseo feliz
de degustar el amor.
Cuantas veces,
podemos jugar en sus
cavernas nocturnas,
y que podemos sacar
su placer enterrado
de sus hilos de
libertad.
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Dos niños,
se brotan en el patio
del poema,
su moreno especto,
melodías
que envuelva el viento
y así roban el silbido
de su soledad;
y los lleva
hacia el país de los
nubes violetas.
Allí,
florecía su poema,
sin frío
sin la nieve que
decapita los umbrales
de sus versos, recién
nacidos.
Dos niños,
quizás. |